Amsterdam es muy tranquila. Es como si la bicicleta marcara el ritmo de la ciudad. Todo funciona fluido, sin sobresaltos y sin que nada rompa esa armonía.
Todo es lindo. Mirás hacia dentro de las casas y todas son blancas, ordenadas, impecables. Los bares lo mismo. Son cómodos, con la gente disfrutando de una cerveza, conversando, relajándose. Suena música que no rompe ese clima. Todo encaja a la perfección.
Siento que no debe de haber muchas cosas por las qué preocuparse viviendo ahí. ¿Querés ir a comer? Te subís a la bici, andás cinco minutos, la tirás frente al restaurant sin tener que buscar ni un solo minuto dónde estacionar y ya estás comiendo. Con un solo ejemplo alcanza.







