martes, 23 de marzo de 2010

Líneas madrileñas I


-->
Tomé un taxi porque me estaban esperando. Le indico al tachero a dónde ir, me pregunta si por tal camino está bien y le respondo que por esa zona me parecía haber visto algunas obras en la calle y que por eso quizás esté cerrado al transito. A pesar de mi comentario el taxista toma ese camino y a las tres cuadras aparecen las obras, la calle cortada y pienso que me están paseando. Había que retomar y en Madrid una vuelta a la manzana no son cuatro cuadras, son muchas más. Volvemos al punto de partida diez o quince minutos después, como en el juego de la oca pero con el reloj del taxi corriendo y yo sin sacar la vista de ese aparatito.
Ahora el tachero dice que vamos a tomar la calle F para salir un poco más arriba de las obras que nos habían hecho desviar y pregunta si estoy apurado y le contesto que sí mientras mi vista no deja en paz a la caja negra taximetrera. Vamos por ese camino y después de andar por algunas un poco salimos otra vez justo delante de la misma calle cortada. Ahora pienso que me siguen paseando como al turista más pelotudo de todos o que el taxista es muy boludo. Volvemos otra vez al punto cero, como en el juego de la oca y dice “no te preocupes que estas vueltas no te las cobro” despejando mis dudas sobre mi paseo involuntario y confirmando otras.
Finalmente toma el camino que debería haber agarrado desde principio y cuando en cinco minutos llegamos al destino le pregunto apurado cuánto es. Me dice que nada. Insisto en pagarle, que no me cobre las dos vueltas que hicimos de más pero que me cobre el último trayecto pero me sigue diciendo que no, que no es nada.