Tomé un taxi
porque me estaban esperando. Le indico al tachero a dónde ir, me pregunta si
por tal camino está bien y le respondo que por esa zona me parecía haber visto
algunas obras en la calle y que por eso quizás esté cerrado al transito. A
pesar de mi comentario el taxista toma ese camino y a las tres cuadras aparecen
las obras, la calle cortada y pienso que me están paseando. Había que retomar y
en Madrid una vuelta a la manzana no son cuatro cuadras, son muchas más.
Volvemos al punto de partida diez o quince minutos después, como en el juego de
la oca pero con el reloj del taxi corriendo y yo sin sacar la vista de ese
aparatito.
Ahora el tachero
dice que vamos a tomar la calle F para salir un poco más arriba de las obras que
nos habían hecho desviar y pregunta si estoy apurado y le contesto que sí
mientras mi vista no deja en paz a la caja negra taximetrera. Vamos por ese
camino y después de andar por algunas un poco salimos otra vez justo delante de
la misma calle cortada. Ahora pienso que me siguen paseando como al turista más
pelotudo de todos o que el taxista es muy boludo. Volvemos otra vez al punto
cero, como en el juego de la oca y dice “no te preocupes que estas vueltas no
te las cobro” despejando mis dudas sobre mi paseo involuntario y confirmando
otras.
Finalmente toma el
camino que debería haber agarrado desde principio y cuando en cinco minutos
llegamos al destino le pregunto apurado cuánto es. Me dice que nada. Insisto en
pagarle, que no me cobre las dos vueltas que hicimos de más pero que me cobre
el último trayecto pero me sigue diciendo que no, que no es nada.