Escuché dos millones de veces que el fútbol se vive distinto en otros países. Quizás por eso lo haya incorporado automáticamente, sin darme cuenta todo lo que eso significaba y lo esperable era que no me sorprendiera el día que fuera a la cancha. Hasta que fui.
El fútbol tal cual un argentino lo conoce, no es. Es otra cosa. Quiero aclarar que esto no van en plan del argentino que se fue del país y ahora extraña a la familia, amigos, el dulce de leche y las milanesas aunque nunca fuera una de sus comidas preferidas.
Ya sabemos lo que significa el fútbol para la mayoría de nosotros y no hace falta que lo explique. Por eso es rarísimo llegar en un subte casi vacío a la cancha cinco minutos antes y entrar sin amontonamientos, subir en ascensor hasta tu platea que está vacía hasta una milésima de segundo antes que empiece el partido, que no haya olor a meo en los pasillos (el resto de Madrid si lo huele las noche del fin de semana) y que haya tanto silencio en el estadio que puedas escuchar el ruido que hace un botín cuando le pega a la pelota.
Juro que a ninguno de nosotros nos divertiría que nuestro fútbol se convierta en eso. Como experiencia está muy bien pero no nos priven de que ir a ver un partido sea algo más que eso. Un bondi que tarda una eternidad en llegar y cuando lo hace pasa de largo de lo lleno que viene, que los falopa se acerquen a pedir una moneda para la entrada o que no haya un poco de puto orden en las tribunas. Si quieren algo de eso vayan al teatro a ver a los Les Luthiers y listo.

