sábado, 20 de agosto de 2011

De viaje por Marruecos - Parte uno

El recorrido, ciudad por ciudad, desde Tánger a Marrakech

El viaje empezó en Tánger, ciudad a la que llegué cruzando el estrecho de Gibraltar en ferry desde Tarifa, España. Son solo catorce kilómetros entre un punto y el otro pero hay un mundo de por medio.
Tánger se siente como una ciudad limítrofe. En una frontera casi siempre hay unos que quieren estar del otro lado pero no pueden. Este es el caso y se siente esa tensión. Apenas bajás del barco queda muy en claro que las reglas de juego son otras: todos tienen algo para ofrecerte y te lo hacen saber muy bien. Te acosan para ser tus guías en la ciudad, te acosan para llevarte en sus taxis, te acosan para que cambies de moneda en sus casas de cambio, te acosan para llevarte a los hospedajes que ellos conocen, te acosan ofreciéndote hachís, te acosan por todo.

Tánger

Marruecos es el comercio eterno. Todo el tiempo hay gente comprando y vendiendo. Las medinas, antiguas ciudades amuralladas, están repletas de pequeños comercios. Desde imanes y baldes de plástico Made in Bangladesh hasta cuchillos y carteras de cuero artesanales.
Puedo decir que no guardo el mejor recuerdo de esta ciudad. Seguramente no hayan alcanzado esos sesenta minutos de viaje para asimilar cambio tan grande. Pero ahora el itinerario nos llevaba a Asilah, un pequeño pueblo de pescadores, con una medina muy linda y unas playas muy tranquilas.
En el norte de Marruecos se puede sentir la presencia española que tiene su origen en la época de los Reyes Católicos (cuando a finales del siglo XV y principios del XVI conquistaron parte de territorio africano) y después durante el gobierno de Franco cuando muchos españoles del sur de la península escaparon a estas tierras en busca de refugio. La gente habla español y hay muchísimos restaurantes que sirven tortillas, paellas y pescados preparados "a la española".
Como ciudad pequeña que es, la gente es mucho más tranquila. Quizás solo así pueda explicar que me haya sentado en un bar de la playa y nadie haya venido a preguntarme qué quería tomar o que un "trapito" entendiera mis razones para no pagar por segunda vez un estacionamiento que había usado en dos ocasiones.

Asilah

Ahora tocaba manejar hacia Tetuán el Peugeot 206 que no tenía aire acondicionado. Tenía airbags, levantacristales eléctricos en las cuatro puertas pero no tenía aire acondicionado en un país que hace cuarenta y cinco grados en verano.
Durante todo el mes de agosto es ramadán y a Tetuán llegamos minutos antes que cayera el sol y terminará el ayuno. Las calles eran un caos porque la gente hacia sus últimas compras antes de volver a sus casos mientras los puesteros guardan sus mercaderías. El GPS no encontraba la calle del riad y yo manejaba mientras cientos de personas y decenas de motos pasaban a nada del auto. Cuando ya había encontrado el parking y estacionado comenzó a oírse el rezo en toda la ciudad.



Tetuán

Al otro día y después de desayunar bastante bien viajamos hacia Chefchaouen, una pequeña ciudad en la montaña donde toda la medina está pintada de celeste, lo que de la sensación de estar paseando por una gran pileta sin agua.
Hay algo muy curioso en Marruecos que es que siempre te cruzás con la misma gente. En Chefchaouen estacioné el auto y vino un marroquí a ofrecerme no sé qué. Automáticamente le dije que no quería nada y empecé a caminar. Al rato de hacer unos cuantos metros me lo vuelvo a encontrar delante mío. Y después me lo crucé dentro de la medina, después de almorzar y cuando ya volvía a buscar el auto. Un Droopy moro.

Chefchaouen